Bonita

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La presión por ser hermosas sucede desde niñas. Nos dicen que debemos ser bonitas, es la primera cualidad que se le alaba a las niñas siempre, y si la niña no es bonita debe esforzarse por aparentarlo.

Nos quejamos de los concursos de belleza infantiles, las madres de las niñas parecen sacadas de otro planeta. Sin embargo, ¿se han preguntado qué es lo primero que le dicen a una niña cuando la conocen por primera vez? Analicen con cuidado lo que dijeron y se darán cuenta que fue algo como: “¡Qué bonita!, ¡Qué bonito vestido!, ¡Qué lindo tu pelo!” Esto deja a las niñas muy vulnerables. Les estamos enseñando que la apariencia es más importante que su personalidad y los talentos que pueda tener.

Si una niña es líder y sabe expresar su opinión se le acusa de mandona. Nadie le dice que sea inteligente, o por lo menos interesante. Ni siquiera le dicen que lo que hoy se considera bello puede que ya no lo sea para cuando haya crecido.

La belleza nos la inculcan como si ser bonita fuese el precio que hay que pagar como peaje en el mundo por ser mujer. Así me tropiezo en casa de mis tías con un anuncio televisivo que me dice que debo sonreír porque me hace ver más bella, pero que debo tener cuidado con las líneas de expresión, por lo que debo usar una crema para poder sonreír sin miedo.

Hay un peso enorme sobre la importancia de la belleza en las mujeres, nos bombardean con imágenes todo el tiempo, nos dicen que debemos arreglarnos, que debemos sonreír, que debemos vernos de cierta manera, como si nuestro único propósito fuese ser bellas. Nos dicen hasta el cansancio que no importa si nosotras nos consideramos bellas, si estamos a gusto con nuestro cuerpo o con quienes somos, lo verdaderamente importante la validación de los otros en especial de los hombres.

Se nos sigue tratando como objetos decorativos, y hay una serie de industrias que sustentan esa idea. La industria de la moda, la cosmética, la industria editorial, la cirugía plástica. Todos quieren hacernos parecer la misma mujer de molde bella, sonriente y vacía, como de producción en serie.

No le debemos el ser bellas a nadie, no estamos obligadas a serlo, al menos no bajo los cánones de belleza tradicionales. No necesitamos cubrir una lista de requisitos para ser mujer, no necesitamos la validación de nadie más para sentirnos bellas, no es necesario asignar la belleza a tus atributos físicos. Puedes ser bella porque tienes confianza en ti misma, porque eres capaz e inteligente, porque eres amable o una buena persona.

Me parece que es muy importante dejar de decirle a las niñas que deben ser bonitas y que su valor está basado en su apariencia y mucho menos decirles que necesitan la validación de alguien más para sentirse bellas si así lo deciden.

Esther Strange

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We are all sisters

Trans-flag-15El otro día alguien se quejaba en el muro de una amiga sobre las feministas, cabe mencionar que últimamente eso pasa con relativa frecuencia. Alguien ranteando sobre nosotras por diferentes cosas, llamándonos desde poco compasivas y empáticas hasta radicales; también están aquellas que buscan quitarse la etiqueta de cualquier cosa llamada feminista, califican a diestra y siniestra nuestra lucha, la verdadera de la nueva, u otras veces de la vieja lucha. A mí solo me da una profunda tristeza que como mujeres estemos más empecinadas en descalificar a la otra que en crear lazos y construir desde la diferencia.

Es verdad que aquellas que asumimos la etiqueta feminista lo hicimos por diversas razones y creemos en la lucha por la equidad, porque, aunque continúe insistiendo, las trincheras son muchas y los caminos son diversos, la lucha sigue siendo la misma, reconocimiento como seres humanos y equidad en derechos y obligaciones. Cabe aclarar que cuando luchamos no lo hacemos solo por las feministas, ni siquiera por las mujeres, lo hacemos por todes. Eso no quiere decir que nos consideremos voceras del mundo o de las mujeres, somos voceras de nosotras mismas y de nuestros colectivos.

La sororidad nos da para reconocerte distinte, y si nos lo permites convertirnos en aliades más allá de la etiqueta.

Pero divago, la mujer que se quejaba de nosotros decía que el problema era que las feministas somos un montón de mujeres blancas, clase medieras, post universitarias, que desde nuestra casa dábamos voz al movimiento, criticando a las demás que no estaban de acuerdo con lo que nosotras decimos. Me imaginé una especie de reunión de High Tea o una de Ladies who Brunch con mujeres discutiendo el mundo bebiendo té a sorbitos con el meñique levantado, hablando sobre neurodivergencia o bebiendo Bloody Mary’s mientras discuten sobre interseccionalidad, lo cual no estaría mal, siempre y cuando logren ver más allá de sus privilegios.

La razón por la cual esta queja me pareció importante es porque justo soy una mujer blanca, de clase media, con una carrera universitaria que trabaja desde su casa y creó su propio espacio para dar voz a lo que cree. Sin embargo, estoy consciente de mis privilegios y no me considero vocera de nadie más.

Todo esto es una larga introducción para el tema que nos atañe. Existe un estereotipo de lo que es considerado que debería ser una mujer, y muchas de nosotras estamos muy lejos de cubrir a la perfección todos los puntos de la lista, y para esta cultura binaria existe un punto irreductible para considerar a alguien mujer, y esto es ser cisgénero y de preferencia heterosexual; sin importar lo que nos dicte la cultura, no todas las mujeres son cisgénero y el tener vagina o capacidad reproductiva no nos vuelve una mujer, el mundo no se divide únicamente en rosa y azul, y definitivamente no todes nos identificamos como heterosexuales.

El distanciamiento sobre lo que se considera extraño o diferente es la base de discusiones, y leyes absurdas como la de Carolina del Norte, donde obligan a las personas a ir al baño que corresponda a su certificado de nacimiento en espacios públicos, sacando a las personas de lo que pueden considerar como espacios seguros. Toda mujer debería ser capaz de usar un baño público sin experimentar acoso o la posibilidad de agresión.

La falta de empatía no nos permite reconocer que si alguien necesita expresar su género de manera distinta no por eso merece ser violentado.

Las mujeres trans no solamente lidian con la violencia machista que enfrentamos las mujeres todos los días por el simple hecho de ser mujer, las mujeres trans lidian también con la estigmatización de no ser consideradas mujeres, porque bajo las normas binarias ellas no tienen un lugar en el mundo.

Bajo la premisa de no tener un lugar en el mundo, padecen muchos más crímenes de odio, los cuales la mayoría de las veces ni siquiera son reconocidos como tales. La falta de reconocimiento del otro como semejante es lo que dispara el arma del asesino.

Las mujeres trans son mis hermanas, son mujeres, son mujeres más allá de lo que nosotros creamos o consideremos que debe ser una mujer, no somos un listado de puntos por cumplir tan solo somos. Mi trabajo como mujer cisgénero es aprender, escuchar, empatizar, ser inclusiva, respetuosa, ser una aliada, una hermana para ellas, revisar mis privilegios constantemente y hacer las cosas con el corazón en su lugar para empoderarlas. Al empoderarlas y reconocerlas nos mantenemos seguras todes.

Esther Strange

Pelear por ser ¿feminista?

Últimamente siento que la vida es una constante batalla que hay que librar día a día y que el mundo está dividido en dos.

Últimamente es bien cansado discutir con personas que creen que tienen la verdad absoluta, que dicen “respetarte” siempre y cuando pienses parecido a ellos, porque en el momento que piensas contrario te llenas de descalificaciones e insultos.

De discutir por política, religión o futbol, ahora la batalla es hombres versus mujeres, o mujeres contra mujeres; la batalla ahora es contra las personas que se han definido como FEMINISTAS.

Yo suelo no meterme en temas muy álgidos en redes sociales, no tanto porque me de miedo expresar mi opinión, sino porque me cansé de discutir con personas sin criterio que sin argumentos pretende descalificarte. Esas discusiones sólo me hacían sentirme agotada mentalmente y totalmente devastada moralmente, así que decidí que no.

Yo misma he tenido un proceso de transformación, pues en mi hablar día a día, todavía me he descubierto diciendo cosas que no debería, o incluso pensándolo. Y no, no es exageración. En un mundo donde todos días vivimos la violencia de género, nada es exagerado. Y para ser sinceros creo que lo que hace falta es educación. El comprender qué es feminismo, cuál es su lucha y por su puesto, asumirse como tal.

 

Luchas

luchasA este tema le he dado vueltas como trescientas cincuenta veces en mi cabeza y unas cuantas más sobre la hoja de Word en blanco o llena de letritas sin sentido. Originalmente quería hablar sobre el documental She Looks Beautiful When She Is Angry, sobre The Women’s March, y sobre 50 años de lucha feminista desde los inicios de la Segunda Ola, pero muchas cosas han hecho que me replantee la forma de abordar el tema.

Estamos casi al final de la Tercera Ola del feminismo, y dicen que estamos en vísperas de la Cuarta. Hay una serie de problemas con los que nunca se había lidiado antes y muchas trincheras desde las cuales se lucha; sin embargo, también me pongo a pensar qué tanto se ha vuelto una wearable cause, y qué tanto el discurso de empoderamiento femenino está siendo trivializado y hasta monetizado.

A veces, me pregunto si nos hemos perdido en los detalles. Por ejemplo, nos enfrascamos en debates interminables sobre si una mujer trae el vello de las axilas color verde, morado o rosa, defendemos su derecho a traer el vello corporal del color que quiera y no es que eso esté mal, solamente que desmenuzar tanto un problema no nos permite ver la problemática a mayor escala y llegar a la raíz. Lo verdaderamente importante no es el color del vello corporal, sino las expectativas sobre lo que debe o no ser una mujer y la lista de requisitos que se nos plantea.

Por otro lado, se nos dice constantemente que las mujeres feministas somos muy agresivas y no podemos debatir. Si bien creo que el odio y dividirnos no nos va a llevar muy lejos, también es indiscutible que hay ocasiones en que hay que alzar la voz para ser escuchadas; reconocer las diferencias entre nosotras y con nuestros aliados, nutrirnos de las mismas y construir juntos es la manera de generar espacios seguros y condiciones de equidad.

Lo que no puedo dejar pasar es la manera en que seguimos siendo tratadas como objetos. Seguimos siendo objetos de ornato, a las cuales los hombres tienen derecho a tomar cuando mejor les parezca, y debemos escuchar estoicamente cómo se nos juzga por nuestra apariencia. Encima deberíamos sentirnos halagadas porque noten nuestra existencia. Nos infantilizan, nos insultan, nos arrebatan nuestra condición humana al quitarnos el nombre y nos cobran renta por existir en el mundo con belleza como si fuera obligatorio ser bella para ser mujer.

Llevamos más de cincuenta años luchando para no ser consideradas como objetos. Quiero y merezco ser tratada como un ser humano, con los mismos derechos y obligaciones que cualquier otro. No deseo ser tratada como un hombre, aprecio sobremanera mi condición de ser mujer.

Es cierto que las feministas no tenemos la obligación de educar a los otros sobre feminismo, reconocimiento de privilegios e interseccionalidad. Sin embargo, la educación es una de nuestras principales armas contra el patriarcado, y es el arma que he elegido para librar mis batallas desde mi pequeña trinchera, donde primero me educo a mí misma, me deshago de viejas estructuras y reaprendo nuevas formas de hacer, y pensar las cosas para después compartir lo que sé, o mi opinión con profunda empatía y honestidad. Si logro llegar a alguien, si me leen y aprenden algo nuevo, si logro que pensemos juntas sobre nuestros privilegios, o por lo menos las dejo pensando sobre algún paradigma, me doy por bien servida.

Esther Strange

#LadyPlaqueta y el derecho a denunciar el acoso

Screenshot_20170319-122108Ninguna historia de amor comenzó con un hombre bajando la ventanilla de su automóvil para después asomar la cabeza y gritar dulcemente: “Guaaaaaapaaa” a la mujer que al parecer iba caminando por la calle libremente.

Él no estaba intentando conquistar a la mujer que iba por la calle, y sabía bien que ella no iba a correr a su ventanilla para darle su número telefónico. Él lo hizo porque considero que tenía el derecho a opinar sobre la apariencia de la mujer, lo hizo como un acto de poder.

Nos han enseñado que los hombres no pueden resistir sus instintos, y que las mujeres debemos quedarnos calladas porque si no lo hacemos algo peor puede pasar. También deberíamos sentirnos halagadas porque un hombre notó que existíamos, y nos lanzó un piropo. Que deberíamos saber que la palabra guapa es halagadora y por lo tanto es un piropo, no un insulto y como no es un insulto entonces no es acoso sin importar el tono ni la intención; al menos es lo que he leído a lo largo de estos días.

El problema es que sí lo es, sí es acoso. El hombre no le gritó guapa desde la comodidad de su automóvil para que ella se sintiera halagada, lo hizo para violentarla, lo hizo como un acto de poder.

Hombres y mujeres no tenemos los mismos privilegios, y no vivimos una situación de equidad donde reconozcamos nuestras diferencias, nos nutramos de ellas y tengamos los mismos derechos y obligaciones. Es importante diferenciar que igualdad y equidad no son lo mismo. Yo no soy igual a un hombre y no quiero ser tratada como un hombre. Lo que si soy es un ser humano, y pretendo ser tratada como tal, con los mismos derechos y obligaciones de otro ser humano, sin importar el género

Apenas en 1970 los derechos de las mujeres fueron considerados derechos humanos. Siempre me he preguntado qué éramos consideradas hasta entonces… Quizá poco más que un florero, pero persistíamos en nuestra existencia como objetos móviles e utilitarios. No es tan difícil entender que si apenas hace 47 años se reconoció de manera internacional nuestra condición de seres humanos, les cueste tanto trabajo entender a algunas personas que no somos objetos para ser tomados cuando les plazca, ni para ser calificados. No somos objetos, ¡basta!

Desafortunadamente para este hombre que decidió por sí mismo, bajar la ventanilla de su taxi y gritarle guapa a Tamara De Anda (Plaqueta), la ley no opina que él tiene el inalienable derecho de decir lo que quiera a las mujeres que transitan por la calle. La ley lo considera una falta administrativa, como tal es sujeto de una multa, y como el taxista decidió no pagar entonces, pasó la noche en el torito.

Se ha mencionado múltiples veces que por ser ella una mujer con acceso a medios y una figura semipública, por eso procedió la queja. Incluso yo misma llegué a creerlo porque no contaba con la información apropiada.

Se quejan porque al parecer ella tiene privilegio social sobre el taxista. Sin embargo, mientras Tamara caminaba por la calle, era una más de los millones de mujeres a lo largo y ancho del mundo que no desean que nadie opine sobre su apariencia mientras camina por la calle, que lo único que desea es tener libre tránsito para llegar a su destino. A lo largo del proceso también tuvo la suerte de que una patrulla fuera pasando cuando sucedió el incidente, tuvo suerte de que le creyeran y de que los llevaran al juzgado cívico. El supuesto privilegio por ser “conocida” no fue tal; hablando con Tamara dijo lo siguiente: “Sólo quiero aclarar que no me dieron champaña ni una cobijita en el juzgado cívico. Tuve que esperar mi turno como todos. Nadie sabía a qué me dedicaba ni quién era. Mi condición de figura semipública sólo repercutió en el alcance del caso y en las amenazas de muerte que he recibido sin parar desde ayer (vaya forma de aprovechar mi “fama”).”1

Se han quejado hasta el hartazgo de que Tamara se considere feminista. La acusan de incongruente, y se han dedicado a buscar tuits para acusarla de clasista y doble moral, sin importar que los tuits sean de hace diez, siete o cuatro años, sin tomar en cuenta el contexto, sin siquiera considerar que las personas cambian y que todos alguna vez hemos estado convencidos de algo que después resultará contradictorio con nuestro sistema de creencias, porque somos seres humanos falibles e inacabados. Ella misma lo dice en un tuit: “He hablado un millón de veces de mi pasado clasista y misógino. Soy la prueba de que se puede cambiar.”

También se quejan de la falta de compasión hacia el taxista. Que si pasó una noche en la cárcel, que si perdió un día de trabajo, que si el castigo fue excesivo. Culpan de todo esto a Tamara como si ella hubiera sido la que hubiese legislado, como si quien hubiera decidido no pagar la multa hubiese sido ella, como si quien decidiera que es mejor castigar que educar también hubiese sido ella. La acusan de exagerada, al fin y al cabo, a ninguna mujer en la historia le han hecho gaslighting (una forma de abuso psicológico que hace que la víctima dude de su memoria, percepción y cordura presentando información falsa) diciéndole que lo que piensa o siente no es válido y está exagerando. Tamara exagera porque debió quedarse callada, porque el taxista tenía derecho a decirle lo que quisiera, porque debió sentirse halagada, porque el sentirse incómoda y violentada es solo su percepción y por lo tanto no son válidas. A Tamara le han quitado su condición humana llamándola, mona, fulanita, tipa sin nombrarla para que no recordemos que sigue siendo una mujer y así como el taxista merece nuestra compasión y empatía Tamara también la merece. El costo para ella por utilizar un recurso legal a su alcance ha sido mucho mayor que una noche en el torito.

Por último, se nos ha acusado a las feministas de opresoras, injustas, feminazis, agresivas, intransigentes, incapaces de dialogar, inamovibles y absolutas. Solo deseo recordar que no existe tal cosa como EL FEMINISMO así con mayúsculas, absoluto, existen los feminismos y sus diferentes corrientes, no nos creemos voceras de todas las mujeres y vivimos el feminismo cada quien, desde su horizonte, con la meta en común de lograr que todas las personas tengan acceso a los mismos derechos y que seamos tratadas como seres humanos. Desafortunadamente el feminismo efectivamente es incómodo porque resquebraja paradigmas. Ninguna batalla se ha ganado sin luchar, al menos ideológicamente.

 

Esther Strange

  1. Dice ayer porque lo escribió el viernes

Ser mujer en el periodismo deportivo

“María Fernanda Vega Muciño, deja de escribir pendejadas y mejor dedícate a dar mamadas”.

Nunca se me van a olvidar estas palabras que escribieron en la zona de comentarios de una crónica de futbol que escribí.

Siempre traté de ignorarlos, pero llamó mucho mi atención porque tenía mi nombre completo. Juro que es de las veces que peor me he sentido en la vida. Me acuerdo que lloré mucho y, no es exageración, pero sentí como si me hubieran manoseado. Más allá de la crítica hacia mi trabajo, fue la connotación sexual lo que hizo que me sintiera agredida.

Más adelante, en el mismo medio, el editor de esa página web deportiva para la que trabajaba me citó en su oficina a primera hora cuando ninguno de mis compañeros había llegado a trabajar, tras darme el paso, cerró la puerta con seguro y me dijo: “Ya no quiero que trabajes aquí, eres buena en lo que haces, pero me incomoda trabajar contigo”.

Otra vez, en un evento, un boxeador se me acercó para decirme que me esperaba en su hotel y toda la noche me mandaba besos, y estaba atrás de mí; poco le importó que yo iba acompañada.

Años más tarde, en otro lado, el responsable de otro medio de comunicación me dijo muy molesto que yo no era nadie, que yo no era periodista y que no era nada, por el simple hecho de que yo no salgo a la calle a reportear. A dicha persona, se le olvidó el pequeño detalle de que yo no era y nunca he sido reportera, yo era editora web y mi trabajo era coordinar desde una oficina.

También me enteré que un chico que trabajó conmigo decía que yo me había equivocado al nunca “cuadrármele” al jefe y no rendirle pleitesía.

Y cómo olvidar aquella vez que viendo un programa de tele en donde participaban puras mujeres, una compañera de trabajo me dijo: “Para ser mujeres, no lo hacen nada mal” (sólo de acordarme, empiezo a hiperventilar)

Y esto es realmente NADA a lo que tienen que pasar muchas mujeres en el mundo del periodismo deportivo.

Me llama mucho la atención, sobre todo, los programas de tv en los que “participa” una mujer pero su intervención se limita a ser un adorno, ya que salen en poca ropa, y es rara la ocasión en la que abren la boca para emitir opinión.

Me acuerdo que hace poco, veía un programa de análisis en donde tenían a una chica sentada en una esquina, y de verdad que si le conté tres las veces que habló, fue demasiado, lo único que hacía era voltear de un lado para otro escuchando a los expertos.

Y además de tener que lidiar con esto, esas guapísimas conductoras tienen que lidiar diario con miles de mensajes de carácter sexual, siendo víctimas de una encarnecida violencia de genero y de acoso sexual.

Debemos dejar atrás la creencia de que el mundo deportivo es cosa de hombres, conozco a mujeres extremadamente talentosas que viven la pasión de los deportes y son excelentes reporteras, conductoras, locutoras, redactoras, y editoras. Recuerden que el trabajo, el talento, la disciplina, no son cuestión de género y el que se pongan una falda corta un escote no las hace pendejas.

A todas esas mujeres, y en realidad a todas las que diario tienen que luchar contra estos comentarios, toda mi admiración y toda mi sororidad. Son unas chingonas.

Y por otro lado, gracias de todo corazón a los que a pesar de vivir en un mundo machista siempre creyeron en mí. Sobre todo a mi papá, a mi hermano, a mi esposo, a mis mejores amigos y a mis jefes Francisco Torres, Francisco Alanís,  Juan Fernando Rodríguez y muy en especial a Aldo Mozart Miranda que no sólo fue mi jefe, sino que me enseñó todo lo que se, que me tuvo toda la paciencia del mundo y que ahora es uno de mis mejores amigos y personas más importantes.

It’s a Men’s World! 

Cuando MaFer propuso el tema de la semana, lo primero que me vino a la mente fue el caso de Inés Sáenz en los vestidores de los Jets. Me di cuenta de lo poquísimo que sabía del tema y me puse a investigar. Incluso hice un pequeño ejercicio en mi muro de Facebook solicitando que me dijeran que era lo primero que les venía a la mente cuando hablábamos de una mujer comentarista o periodista deportivo. Las respuestas variaron desde quien piensa que son personas con una verdadera pasión por el deporte, hasta las muchas que piensan que venden una imagen atractiva para poder competir en el mercado. Al parecer tenemos la idea de que para que una mujer periodista deportivo destaque tiene mucho que ver con el largo de la falda.

Una búsqueda en google con las palabras “comentarista mujer de deportes” nos arroja las primeras cuatro entradas:10 sexy-conductoras deportivas, ¡mira nomás que belleza!, 6 guapas conductoras que seguirán mostrando su belleza en Televisa… Las Reporteras y Conductoras más Hermosas del Deporte y Conoce a las bellas especialistas de deportes de ESPN. Una búsqueda similar con las palabras “comentarista hombre de deportes” no nos regresa ningún resultado similar quizá porque la mayoría de los hombres comentaristas deportivos no calificarán como hermosos. 

Seguí buscando información y me encontré con múltiples casos de acoso sexual por parte de los deportistas a las comentaristas deportivas y el acoso de los fans deportivos. Todo tipo de acoso, desde las que las ven como objetos sexuales hasta las que consideran que están tomando un lugar que no les corresponde porque el mundo deportivo debe ser un mundo de hombres donde estas mujeres insisten en querer participar.

A la mayoría de las mujeres periodistas o comentaristas deportivos se les relega a breves segmentos antes o después del juego donde están expuestas a los fans y a los jugadores que muchas veces no las ven como otra cosa que objetos sexuales. Mientras tanto los hombres comentaristas deportivos se encuentran en la comodidad del palco o el foro de TV. Sucede también con mucha frecuencia que sean ignoradas o interrumpidas en las entrevistas porque no importa cuántas horas la periodista pasó preparando su entrevista su compañero sabe mejor ella lo que ella quiso decir.

Me parece que es importante que entendamos que los deportes no son un reino particular de lo masculino, las mujeres que trabajan en esta industria no están robando ningún espacio y sus conocimientos no tienen nada que ver con el largo del vestido ni la talla del pantalón.

Esther Strange