La teoría queer

Tenemos la mala costumbre de ponerle etiqueta a todo, y tal pareciera que las cosas que no entendemos, son difíciles de etiquetar, de entender, de comprender.

Nos gusta estereotipar todo y agruparlo, y lo que no entra en esos conceptos alguien decidió que es “raro”.

La palabra queer, como adjetivo es entendido como ‘raro’, ‘torcido’ o ‘extraño’ y  su contraparte se define como straight, que significa “de­recho” o “heterosexual”.

¿Pero de verdad le tenemos que poner título a algo?

Yo desde aquí reconozco a las personas, queer o no, que diariamente tienen que luchar contracorriente, que tienen que vivir dándole explicaciones a todos los que intentan que encajemos en un concepto.

Hoy más que nunca, yo celebro la diversidad.

 

 

 

 

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Manterrumping ¿exclusivo de los hombres?

Todos hemos sufrido la incómoda situación en la que estás diciendo algo y alguien te interrumpe para completar tu relato, o corregirlo o simplemente ni te está prestando atención y quiere imponerse.

He de confesar, que como muchos temas de los que me ha tocado escribir en este espacio, no estaba familiarizada con el término “manterrumping” ,una expresión para definir la interrupción innecesaria del discurso por parte de un hombre a una mujer

Pero, por favor no me juzguen, pienso que esto se da de igual medida tanto en hombres como mujeres, y creo también que más allá de un tema sexista o de superioridad, es cuestión de la necesidad de atención que tenemos algunas personas.

Por ejemplo, yo soy muy de esas que interrumpe para contar las cosas a mi modo porque siempre creo que yo lo cuento mejor, o yo sí me acuerdo, o yo soy la que tengo razón.  Una opinión equivocada, pero la verdad es que tengo “attention issues”

Siendo sincera, y desde mi perspectiva, nunca he sentido que un hombre, por el simple hecho de serlo se quiera imponer en alguna plática, así que en esta ocasión lo único que puedo es emitir mi opinión y comprometerme a respetar el discurso de cualquier persona, y por su puesto, esperar mi turno para hablar.

La presión de ser bonita

El otro día, estuve filosofando muchísimo sobre los estándares de belleza que la mayoría de las mujeres sentimos que debemos de cumplir. Quizá lo empecé a pensar porque vi un video en Facebook de cómo una chava procuraba despertar antes que su pareja, para lavarse los dientes, maquillarse para lucir unas cejas y unas pestañas de ensueño y volver a recostarse en una posición ideal para que el chico la viera perfecta ¿En serio?

Como menciona Esther en su columna, la presión por ser bonita nos la inculcan desde chiquitas, con frases tan destructivas como, en muchos casos, inocentes que escuchamos a lo largo de toda nuestra vida.

Y no conforme con toooda la presión social que recibimos para ser bellas como una cuota que tenemos para sentirnos “más mujeres” a mí me parece muy grave la que nos imponemos, tanto para nosotras, como para otras mujeres. Y es que simplemente lo que no encaja en los estándares que la moda dicta, está mal. Juzgamos y nos compadecemos de lo que no es “bonito” y entonces desencadenamos tristeza, frustración, baja autoestima y sabotaje. No nos es permitido tener un mal día, no tener un cabello algo menos que perfecto, ni no vestir como la moda lo dicta; no está bien salir en pants o de cara de lavada a menos que tengamos un rostro y una piel de modelo de revista, por que “Dios nos libre de las mujeres fodongas” (sarcasmo) No, no es justo y no es sano presionarnos como lo hacemos.

Usar maquillaje, extensiones o una faja no está mal, lo que debemos pensar es el motivo por el cual lo hacemos. Yo personalmente me cansé de luchar contra lo que soy y frustrarme por lo que no soy,  y desde ese momento soy un poco más feliz.

Pelear por ser ¿feminista?

Últimamente siento que la vida es una constante batalla que hay que librar día a día y que el mundo está dividido en dos.

Últimamente es bien cansado discutir con personas que creen que tienen la verdad absoluta, que dicen “respetarte” siempre y cuando pienses parecido a ellos, porque en el momento que piensas contrario te llenas de descalificaciones e insultos.

De discutir por política, religión o futbol, ahora la batalla es hombres versus mujeres, o mujeres contra mujeres; la batalla ahora es contra las personas que se han definido como FEMINISTAS.

Yo suelo no meterme en temas muy álgidos en redes sociales, no tanto porque me de miedo expresar mi opinión, sino porque me cansé de discutir con personas sin criterio que sin argumentos pretende descalificarte. Esas discusiones sólo me hacían sentirme agotada mentalmente y totalmente devastada moralmente, así que decidí que no.

Yo misma he tenido un proceso de transformación, pues en mi hablar día a día, todavía me he descubierto diciendo cosas que no debería, o incluso pensándolo. Y no, no es exageración. En un mundo donde todos días vivimos la violencia de género, nada es exagerado. Y para ser sinceros creo que lo que hace falta es educación. El comprender qué es feminismo, cuál es su lucha y por su puesto, asumirse como tal.

 

Ser mujer en el periodismo deportivo

“María Fernanda Vega Muciño, deja de escribir pendejadas y mejor dedícate a dar mamadas”.

Nunca se me van a olvidar estas palabras que escribieron en la zona de comentarios de una crónica de futbol que escribí.

Siempre traté de ignorarlos, pero llamó mucho mi atención porque tenía mi nombre completo. Juro que es de las veces que peor me he sentido en la vida. Me acuerdo que lloré mucho y, no es exageración, pero sentí como si me hubieran manoseado. Más allá de la crítica hacia mi trabajo, fue la connotación sexual lo que hizo que me sintiera agredida.

Más adelante, en el mismo medio, el editor de esa página web deportiva para la que trabajaba me citó en su oficina a primera hora cuando ninguno de mis compañeros había llegado a trabajar, tras darme el paso, cerró la puerta con seguro y me dijo: “Ya no quiero que trabajes aquí, eres buena en lo que haces, pero me incomoda trabajar contigo”.

Otra vez, en un evento, un boxeador se me acercó para decirme que me esperaba en su hotel y toda la noche me mandaba besos, y estaba atrás de mí; poco le importó que yo iba acompañada.

Años más tarde, en otro lado, el responsable de otro medio de comunicación me dijo muy molesto que yo no era nadie, que yo no era periodista y que no era nada, por el simple hecho de que yo no salgo a la calle a reportear. A dicha persona, se le olvidó el pequeño detalle de que yo no era y nunca he sido reportera, yo era editora web y mi trabajo era coordinar desde una oficina.

También me enteré que un chico que trabajó conmigo decía que yo me había equivocado al nunca “cuadrármele” al jefe y no rendirle pleitesía.

Y cómo olvidar aquella vez que viendo un programa de tele en donde participaban puras mujeres, una compañera de trabajo me dijo: “Para ser mujeres, no lo hacen nada mal” (sólo de acordarme, empiezo a hiperventilar)

Y esto es realmente NADA a lo que tienen que pasar muchas mujeres en el mundo del periodismo deportivo.

Me llama mucho la atención, sobre todo, los programas de tv en los que “participa” una mujer pero su intervención se limita a ser un adorno, ya que salen en poca ropa, y es rara la ocasión en la que abren la boca para emitir opinión.

Me acuerdo que hace poco, veía un programa de análisis en donde tenían a una chica sentada en una esquina, y de verdad que si le conté tres las veces que habló, fue demasiado, lo único que hacía era voltear de un lado para otro escuchando a los expertos.

Y además de tener que lidiar con esto, esas guapísimas conductoras tienen que lidiar diario con miles de mensajes de carácter sexual, siendo víctimas de una encarnecida violencia de genero y de acoso sexual.

Debemos dejar atrás la creencia de que el mundo deportivo es cosa de hombres, conozco a mujeres extremadamente talentosas que viven la pasión de los deportes y son excelentes reporteras, conductoras, locutoras, redactoras, y editoras. Recuerden que el trabajo, el talento, la disciplina, no son cuestión de género y el que se pongan una falda corta un escote no las hace pendejas.

A todas esas mujeres, y en realidad a todas las que diario tienen que luchar contra estos comentarios, toda mi admiración y toda mi sororidad. Son unas chingonas.

Y por otro lado, gracias de todo corazón a los que a pesar de vivir en un mundo machista siempre creyeron en mí. Sobre todo a mi papá, a mi hermano, a mi esposo, a mis mejores amigos y a mis jefes Francisco Torres, Francisco Alanís,  Juan Fernando Rodríguez y muy en especial a Aldo Mozart Miranda que no sólo fue mi jefe, sino que me enseñó todo lo que se, que me tuvo toda la paciencia del mundo y que ahora es uno de mis mejores amigos y personas más importantes.

Mujeres histéricas y locas: estigmatizando la salud mental

“Todas las mujeres están locas” “Mujer que no la arma de pedo y no está loca no es mujer” “Pinche histérica” “Te pones como mujer” “Llora como niña” son frases que a diario me toca escuchar por todos lados y las oímos tantas veces a diario que  muchas personas ya las “normalizan” y hasta piensan que no tiene una carga negativa.

La salud mental, así como la violencia de género, no son cosas de juego. A diario miles de personas están librando una batalla importante y asociarlo con el simple hecho de ser mujer, además de minimizarlo es absolutamente violento y machista.

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La salud mental es algo difícil de comprender y es severamente juzgado. Lo juzgamos porque no lo podemos ver: no es como un dedo que sangra. Hay estadísticas que avalan que gran parte del sufrimiento que padecen las personas con algún mal mental se debe al rechazo, la marginación y el desprecio social que tienen que soportar, y no en la enfermedad en sí misma.

Llamarnos “locas” no está bien, no es normal, no debería estar permitido, pues sólo evidencia la profunda ignorancia y una absoluta indiferencia para con las personas que la están pasando mal.

Sobre la trata de personas

Pocas cosas me dan tanta rabia, tanta impotencia y tanto coraje como la trata de personas.

¿Pero qué es la trata de personas?

Según el Protocolo de las Naciones Unidas para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, es un delito que se refiere a la captación, transporte, traslado, acogida o recepción de personas, recurriendo a amenzas, o al uso de la fuerza, al fraude, engaño, abuso de poder o del aprovechamiento de una situación de vulnerabilidad para obtener el permiso de una persona que tenga autoridad sobre otra con fines de explotación.

Esa explotación puede incluir la explotación sexual, los servicios esclavizados o cosas más lúgubres.

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Teniendo esto claro, quiero invitarlos a que reflexionemos lo fuerte que es esta situación. Es no tener control sobre ti, sobre tu cuerpo, tu voluntad. Es verse forzad@ a hacer cosas que no quieres, pues vives amenazad@.

Hace poco leí el testimonio de una banda de tratantes de personas que contaban paso a paso como se fueron convirtiendo en delincuentes.

Una banda en la que estaba inmiscuida toda la familia, y desde la madre hasta los hijos participaban en cada uno de los procesos para esclavizar a mujeres vulnerables, ya sea que fueran de provincia, o que vivieran en situación de violencia en sus casas.

Tras leer el reportaje que me puso la piel chinita y que me sacó unas cuántas lágrimas, me encontré con la misma historia por tv. En ella, el agresor relataba, como si estuviera contando qué se comió esta mañana, o qué ropa se puso ayer, que él ya no veía a las mujeres a las que obligaba a prostituir a las cuáles les quitaba absolutamente todo su dinero, como personas, simplemente disponía de ellas como objetos.

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Al prepararme para escribir este texto, quise informarme sobre los datos duros que hay sobre este delito y ¿Saben qué? No hay ningunos datos precisos.

Yo desde mi trinchera no sólo pido, exijo que nos hagamos conciencia de cada una de las personas que son obligadas a hacer algo en contra de su voluntad. Basta de esconder y manipular algo que pasa todos los días y que carcome nuestra sociedad.